El Cementerio General de Santiago de Chile
Sergio Meza C., Villa del Cobil, Rengo, Cachapoal, Chile, Sudamérica - 15-02-2007 15:20:49 | Categoria: Opinión
Allí el árbol contrasta con su aérea caída libre, por sobre los techos trizados, donde el agua se infiltra hacia los féretros en el sueño permanente de los restos, dispuestos como si fueran tablones amortajados. Los panteones tienden a la piramidalidad trunca, abriendo cielo por donde se unen el aire, la rama, la columna, la maleza y el tránsito ritmado del deudo que recorre.
De pequeño conocí ese lugar, como si fuera un barrio más de Santiago; su espacio es íntimo y permanente; las lápidas languidecen deslavando molduras, lujos, miserias y escritos telegráficos.Sorprendido, tras años de amarlo como se ama un lugar propio y duradero, pasé fugaz por entre lugares y rincones ocultos. Su sino es el de deshacerse lentamente entre mármoles y grotescas lonas verdes, dispuestas a contrapelo de una severidad espontánea. Extraño más literatura en los sepulcros; “Aquí yace mi amada madre, nacida el catorce de Agosto de mil ochocientos veinte, y fallecida el veintitrés de Mayo de mil novecientos cincuenta y cuatro”, como si nada más importara, o como si solo importara el lapso por sobre su contienda.
Esta suerte de desnudez de los muertos ante su aventura diseminada, contrasta con los diversos edificios en miniatura que decoran el paso de quienes se deslumbran con esta ciudad de los muertos. Eso sí, lo que aparece evidente es el origen y linaje de los restos; sus anhelos y la imagen para cortejos futuros; son más importantes que lo que sintieron en sus vidas, llenas de pasión, frustración, derrotas y victorias pasajeras; hay partenones, palacios de juguete, caracoles, ranchas y villas miseria, decoradas con flores de plástico deslavadas y marchitas.
Busqué, entre las cruces y el talento de escultoras, y no vislumbré sino Grandilocuencias de poetas lánguidos, haciendo brillar vidas comunes y corrientes, traídas a la gloria en artículo mortis.
Todos fueron grandes; todos fueron importantes y trascendentes; las madres, ejemplares, los padres, abnegados; los hijos, angelitos caídos del cielo, pero la pena, el fracaso y el estremecimiento han quedado apartados por completo de este lugar de vivos entre los muertos.
Cementerio jibarizadamente grandilocuente y a destiempo, de vidas “tan“ importantes como las que hoy por hoy pululan por las calles del lugar donde escribo estas líneas, ubicado en el vértice de la galería Paseo del Mar de Viña del Mar; Martes trece de Febrero de dos mil siete, a las doce cinco de la la tarde, café “il giardino”; mil docientos pesos más propina.
La representación de las vidas en los cementerios tradicionales, es cadavérica y definitiva; entonces cuando ruedo sobre mi bicicleta, desfilan ante mí los árboles invadidos de entrañas de héroes y canallas transfigurados en hojas y ramaje. Vi un olmo crecido, literalmente, encima de una tumba, como si alguien quiso eso, de volver tronco vegetal el manifiesto resto de huesos y mármol coronado por cruces derruidas. Apasionado ya por el antojo del tiempo hecho consecuencia de regazo terrestre, reposé junto a los judíos, separados, en el parque de disidentes; ya sin oraciones pétreas, ni señales de recuerdo.
Fueron horas de oculta fatiga pospuesta, sobre un viaje extenuante de silencio y testimonio de esplendor moribundo. Luego comprendí que la muerte es una sola y fatal; y entonces ya nada importa en ese lugar, salvo el difuso, tenue, ambiguo y sereno recuerdo de quienes desfilaron ante sus semejantes, como almas en vida y en pena, pues ella, la chispa de plenitud, campea en el cuerpo a destiempo, como una improvisación eximia de Charlie Parker; a contramano de miembros y sonidos circundantes. Somos el sincopado rostro del alma, acometiendo agresiones por sobre el torcido Pentagrama de la existencia.
En la ciudad de los muertos no es el recuerdo, ni la añoranza, sino la impotencia de los vivos la que se explaya, como una plegaria ineficaz; cada gesto es un grito sordo, y cada demostración de talento arquitectónico es ajeno y condenado a disolverse, total, es cosa de tiempo para que las piedras se derrumben, y surjan de entre sus escombros el caos horizontal, que el apiramidalamiento de los panteones eluden.
Entonces sentí una suerte de soledad (cuando no), conforme y esperanzada, ya que abrazar los cementerios en vida y plenitud, entrega energía latente de cenizas hechas cimiento, columnatas y cornisas, acalladas en el silencio de un sueño ajeno y simbólico. Alegremente, y hambriento, rodé la vuelta final, en conocimiento de un destino equivalente, tranquilo ante mi obra que, por angas o por mangas, oscila su línea recta, radiada hacia las estrellas, rebotando en cometas sordos y persistentes, y acallándose en piedras inertes, donde mi cadencia se aloja como muerte del verbo, resonante en los átomos de vacío y oscuridad.
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