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Poesía de las Ideas / Son Propiedad Intelectual Previamente Inscrita / Blog de Sergio Meza C. ____________________________________________________________________________ Literatura, Filosofía, Arquitectura, Urbanismo, Cine, Música

El Pórtico de la Estación Central de Santiago de Chile desde el Andén del Medio, y Desde Ahí a Otros Lugares

[La videncia es común a quien busca efectivamente la poesía como vivencia. En este texto no se despliega la coherencia discursiva propia de la narrativa, sino que se desdobla la Sintaxis propia de la Palabra que busca revelar]

Hacia el sur se encamina la mirada plena del marco de la arcada de la extensa techumbre de acero que es la estación Central de Santiago de Chile. Ella no ha variado en nada hace más de noventa años, su forma es la de una suerte de ojiva ancha que se abre hacia los bordes; hacia ella llegan los trenes del sur de Chile para ser engullidos por la arquitectura fija y común a las estaciones del mundo de hace más de cien años; altas por el humo y las capacidades del acero antaño descubierto en sus potencialidades.
Simplemente mi distancia a la boca sur descrita, me dejaba empequeñecido, pues ella recortaba el cielo y en él una nube inmensa que pasaba, los cables y los faroles se entramaban en el suelo para cubrir toda profundidad de más de doscientos metros de distancia, y los cables se entrecruzaban por el Paisaje de lo que el cielo y el caos ferroviario mostraban. Entonces ocurrió que este desorden que se mostraba como el manojo de extensas maneras de converger en la potencia del arribo del sur hacia el núcleo gris del paso del auto y del atribulado ciudadano inofensivo y amenazante, era la contraparte de un cielo celeste y ajeno que danzaba la dulce sinfonía del viento primaveral que cegaba todo caos, pues comprendía que el viento llegaba al andén como los trenes arriban; con la cadencia y sosiego del que culmina su faena, y entonces todo caos se ordenaba en la brisa extraña de una de las más contaminadas, grises y amaneradas ciudades de América latina. Y todo en mi espíritu fue solo arribo al hogar de todos los que terminan su viaje impacientes, pues el tren late de anhelos y temores, ya que la cadencia leve y sonora culmina con las vistas agachadas de los pasajeros que fingen indolencia en su llegada, para no parecer afuerinos, y sentir el desprecio banal del ciudadano miserable y convencido que en su ademán es más del que llega acaso cargado de los talentos que al nativo le escasean.
Luego todo fue forma de coherencia en la brisa del tren que llega como llegan las almas de esperanzas, aunque la mugre y los estuches abandonados de zapatos y pañales se allegaran a las vías donde sereno llega el tren de la brisa leve que mi cuerpo espanta desde la mirada turbia que se aclara y me conforta.
Y fui uno con el viento y el cableado, y la nube blanca que pasaba. Cómo decirles que más que feliz, era digna la visión que enmarcaba la ojiva de piernas abiertas, mientras mi tren jadeaba para anunciar su descarnada salida, ya que partía hacia donde nace la brisa dulce del momento fugaz que se termina. Ya arriba y partiendo un incendio negro como los materiales de esta ciudad repodrida y altanera, manchaba el cielo norte desde la ventana que enfrentaba, y todo era vejez y olvido, pues de alguna manera, la franja de arribo desde el sur hacia Santiago es un jirón de deterioro y mugre percudida en los muros de ladrillos carcomidos y las ruinas de trenes y vías de cargos quebrados en su desfinanciada gestión de empresa estatal trastocada. Luego me entregué como tantas veces a mirar en el tizne de las casas y los derrumbes paulatinos, la Belleza de la cierta pobreza entregada a su plena condición de forjadora de ciudad en descomposición perpetua, y a contra-canto van las brillantes torres del Sanhattan oriente, que no es más que la anacrónica y patética competencia de altura y lujo que desde mil novecientos treinta desarrollan los norteamericanos en la colección de púas esbeltas, que en la comuna de la santiaguina Vitacura encuentra su falseado esplendor de cincuenta años a la fecha desfasados, para ser lo que otros a otra altura y a otra escala son, y sentir que se fractura el torso la ciudad-mujer que tiene sus costillas rotas y parchadas con mugrientos trapos, mientras su cara más hermosa disgrega lujo y brillo asimétrico al compás de una cueca urbana triste y destruida.
Nada importa al Derrumbe ni al lujo desencadenado, esta ciudad es lo que encubre y descubre lo que detesta, para que el esplendor de ella sea en este desorden de portal translúcido de la nube que blanca tiñe de pureza toda miseria que se tizna, como ya majaderamente dijera, y delegue su chatura horizontal que ya no se quisieran las calles de otros puertos desplegados en su riqueza urbana y su mar que son su majestad. Para que vean que hay otras bellezas distintas a la flor que nace de la enredadera dispuesta en el jardín más limpio y ordenado, pues la Belleza que es plenitud surge de la más extraña situación dispersa e inconexa. Y luego la fiesta y la viciosa diversión perpetua cobra su banalidad, pues no es más ciudadano el que se entrega a la exuberante bullanga de moda que cimbra su cuerpo como se mueven las hojas con ese mismo viento que como un fárrago de coherencia ingresa a la estación Central de la Alameda del Libertador Bernardo O´Higgins Riquelme a la altura de la calle Matucana; no, no es más pleno el que más se emborracha yendo a bailar a las más vigentes discotheques de moda, pues ellas se nublan y decaen como lo hace la Belleza de la más tersa de las mujeres. Y así nada es veraz cuando se entrega al hilo frágil de la diversión ensimismada, cuando, con todo lo que se le quiera atribuir, no es ella la finalidad de un gozo urbano, sino que es la capacidad de contemplar el sitio, el lugar, la encrucijada, el espacio, la oquedad o el pórtico cuando él, en su plenitud más vasta se allega al alma como lo hace el despertar en el cerro más agreste cuando el cóndor pasa y por sus alas se despliega la luz más diáfana, teniendo como fondo el cantar de las innumerables bandadas de aves tristes en busca de su paraíso de verano. Y todo es plenitud en la contemplación y no en el brillo constante que atrae a los hombres y mujeres polilla, que ansían desencajar su miserable potencial de contemplación, ya que aunque se les viniera encima la Victoria de Samotracia en vida y con su faz allegada al cuerpo que reposa en el Louvre, de igual manera serían como quien ve a una vieja hedionda orinando en el rincón de una calle oscura, y la dejarían pasar, para no verla y seguir dispersos en el vértigo de la deleznable diversión drogadicta de la que vienen todos los perdidos seres de la ciudad más triste.
Pobres santiaguinos, pobres viñamarinos pobres penquistas, porteños serenenses y neoyorquinos, parisinos y londinenses que cruzan los támesis y los senas de su existencia abrazados al grito y la algarabía de una existencia di-vertida para no saber de la con-vertida aparición del ser de las cosas hecho presencia cuando se abren los pórticos que abrazan toda fealdad y sin sentido, haciendo que el alma se conmueva detrás del volantín perdido que cae hacia el entendimiento y la apasionada quietud del que se da cuenta del recóndito y sereno despertar de los sentidos hechos instante fecundo en la luz y la nube caídos a la retina.
Majadero el hombre en su inconsistencia, huye en la diversión y no convierte sus identidades en tenaz alumbramiento. Todo oscurecido, llega su alborada perdido y disperso, no sabe sino de silencio y resaca. Todo perdido, perdido el día y la noche, la ropa, inclusive el dinero se le extravía junto a su alma cegada.
Y cae a su sueño del cual se envanece y embriaga, ya que tras todo vicio y perpetua huida no subyace sino la ausencia de sentido. Ese mismo que se revela cuando todo es adverso pero no obstante todo, se allega al ojo y la piel para cobrar la forma del alumbramiento.
Nada soy sin poesía, y perdonen mi intolerancia, pero nada entiendo de aquellos que no la conocen ni la han tenido ante sus ojos, para estarse ante la ceguera disfrazada de jolgorio. Y vueltas y vueltas en la cama del insomnio informe, estando despiertos duermen y despiertos se adormecen. Todo así, Dios los cuide y los resguarde, mientras la luminosidad de todo aparece, desplegado con las alas del Ícaro viviendo su fulgor, sin saber que el calor del sol le hará caer hacia el dolorido regazo de la muerte enceguecida. Dios guarde al hombre promedio que promedia su éxtasis con el mediano estarse quieto en la poltrona engañosa y el control remoto de sus emociones, cambiando de canal en canal, sin saber que es otra onda de radio la que le espera para alumbrarlo. Y ya majadero me guardo para estarme al acecho. Que los demás se abandonen que yo me exalto, como diría Vicente, a la espera de ese uno que otro momento de dignidad abisal.


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