La Batalla de Verdún
Sergio Meza C., Villa del Cobil, Rengo, Cachapoal, Chile, Sudamérica - 14-11-2005 22:15:39 | Categoria: Poesía
Introducción:Obtenida de http://www.historiasiglo20.org/GLOS/verdun.htm
"El 21 de febrero de 1916, un millón de soldados alemanes ponían en práctica la táctica de la "guerra de desgaste" ideada por Falkenhayn y atacaban la fortificada plaza de Verdún.Tras meses de encarnizadas batallas, la fiera resistencia francesa, sabiamente gestionada por Pétain quien procuró no "malgastar fuerzas" y "economizar" el número de tropas dispuestas en la zona, consiguió que el ataque alemán apenas consiguiera avances significativos.
La Batalla de Verdún acabó en una especie de empate, eso sí, se llegó a él después de que los franceses tuvieran más de medio millón de bajas y los alemanes en torno a las 450.000. Del millón total de bajas, se estima que la mitad, es decir, medio millón de hombres, perdió la vida en Verdún".
[Plano Militar Referido a la Batalla; Frente Oeste 1915-1916]
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LA Batalla DE VERDÚN
por Sergio Meza C.
En la cotidianeidad de los pueblos lejanos a decenas de kilómetros del lugar de la Batalla, un tambor imaginario golpea y remueve la cena desentendida de más de algún anciano escuchando la música distractora de una Francia acechada por una sombra agresiva.
Verdún es una suerte de simbólico emblema de resistencia implacable, tras meses de desolador arrasamiento de todo cuanto podría sobrevivir en los tierrales lodosos de irregular y ondulada extensión, donde los horizontes se recortan a ras del suelo como si veinte metros más adelante terminara el mundo y comenzara el desconocido trance de un viaje sin retorno a la existencia del arrojo a los brazos, de una suerte de esperpento sonriente, de cuyas mandíbulas brota la muerte contenida de millares de hombres, tapizando el territorio sin fin de un puñado de kilómetros, confinados por una obcecación militar, capaz de rasgar el cuerpo de jóvenes y hombres dispuestos o indispuestos, para lanzarse al vacío de una muerte, cuyo sentido se esparrama, en los oleajes de miembros y cráneos, rodando por trincheras derruidas, y bayonetas corroídas por las nubadas del mortífero gas mostaza.
Avanzar con los jirones de los largos y gruesos abrigos invernales impregnados de hambre, sed, añoranza, desconsuelo y pánico; sobre la cabeza un casco abollado, coronado por la cresta curvada de una vanguardia temerosa y vacilante. Los hombres temen morir en cada instante, por mas de ocho meses de escaramuzas al vacío, por entre los obuses implacables que derrumban trincheras, y sepultan tropas completas sin más respiro que una mirada al cielo, de fumarolas grises, en clamor silente de contemplación vana, en pos de un celeste cielo que no acontece, más que en las ansias de una libertad torturante.
Mil Novecientos Dieciséis años tuvieron que pasar para que la historia conociera la degollina más vasta que la memoria o los datos son capaces de mantener, como testimonio de una Belleza negra e inversamente valedera, pues si de los ojos de un solo hombre brotaba oscuridad, como diría Vicente, era en las pupilas de los cientos de miles de soldados, adonde se fue a posar la penumbra, como una mariposa letal y venenosa.
Soy Ives, pertenezco al Ciento Treinta y Siete Regimiento de Infantería, nací en París, en los bordes habitados, de las cercanías a los verdes y permanentes bosques de Boulogne; la dicha cubría mi vida cuando en bicicleta recorría los caminos espontáneos hacia mi escuela rural, de un Paris distante, de fines del siglo Diecinueve. Caminé por la niñez bajo el manto del amor de mi familia, que con toda su alma vertió en mí su legado de devoción fraternal. Soy el vaciado de los escultores del amor más transparente y delicado. Mis ojos aprendieron, por lo mismo, a ver la vibrante pasada de la Belleza por sobre las sombras de las plantas y la hiedra verde, que decae en dorados intensos, tras los soleados y silenciosos veranos. Hoy espero la carga final de mi tropa, hacia donde el sol ilumina por última vez la escarchada y humeante pestilencia de mis camaradas desechos en jirones de cuero pegado a las rocas y cañones desarmados. Se que moriré, pero no sé por qué; más conozco la oleada intransigente de un enemigo humillado por imperios añejos que sembraron la semilla de un explosivo cambio de las cosas (como siempre en la historia), por medio de vejetes suficientes, que tras sus puros aromáticos, se felicitaban de enseñar a la contraparte las delicias de una escondida venganza mal parida. Mi amor reza por mi vuelta, y mi madre cultiva una flor en un macetero derruido y desgastado por caricias y lágrimas de esperanza y de dolor. Miro hacia lo lejos y veo la vuelta a casa interrumpida, de un zapato de combate, sobre el cual se asoma un hueso calcinado, de una pierna del joven que hizo el amor en el granero más silente del campo bretón, a la más hermosa mujer de la historia, sobre la cual supo de la dicha y del desconsuelo edulcorado del más intenso de los orgasmos de amor campesino. Tengo la visión plena del que muere en un instante futuro pero que late a contrapelo de la vida, sobre las ampollas reventadas de unos pies desechos y martillados por la gangrena insalvable.
No obstante soy feliz; soy inmensamente feliz por una centésima de segundo, pues Verdún, mi mal amado Verdún no es para mí algo más que un tablero del ajedrez más absurdo y bello que se podría imaginar, por estrategas ignorantes, bañados de la cultura militar de un siglo ido. Yo soy el clavo eterno de la eterna cruz, que eternamente se clava por sobre las innumerables palmas y dorsos pedestres, de un Cristo soldado permanentemente, tendido sobre el barro cuajado de sangre ennegrecida, donde ni siquiera llegan las moscas a posarse.
Moriré seguramente de un balazo, de ahogo, degollado, barrido o calcinado, o si no, la septicemia me dará el tiro de gracia sobre una fatiga triunfal.
No obstante todo, doy dignidad a mi vida mirando el brillo de la luz del sol que se infiltra en la Desolación por un instante, y detecta un canto limpio de raspón de un fusil embadurnado. El sol existe, y tras él está la infinitud de mundos, ajenos a mi dolor y mi irrenunciable pánico, por medio del cual quisiera salir corriendo. La valentía que mi pavor sostiene es inmensa, y me enorgullezco de sostener sobre mí la dignidad de una capacidad de asombro, que se yergue por sobre todas las miserias del mundo, resumidas en un solo agujero, cavado en medio de la nada.
Se siente un grito oficial, ordenando la acometida, y ya comienzan a caer mis camaradas. De un brinco salto por encima de sus cuerpos y corro hacia el enemigo que no es más que una andanada de balas dispersas sorteadas al azar. Sin justicia ni ajusticiamiento caen por mis costados, por docenas, mis amigos, con los cuales recordábamos que existían otros mundos allende el territorio desbrozado, ante los cuales la Batalla era una costra insignificante, que en tres generaciones más nadie querría recordar. No me explico cómo sigo avanzando sin que nada me toque y grito palabras de un furor y desenfreno capaces de amedrentar al más atrincherado de los hombres. Es injusto me digo en un segundo, pero finalmente llego al final de mi carrera donde doy cuenta con mi bayoneta de tres alemanes, de cuyas pupilas brillantes de pánico nunca me olvidaré. En ellos está mi alegría y consuelo, que se apaga como las velas de los cumpleaños más dichosos que pude haber vivido. Avanzo inexplicablemente por sobre los demás agresores, cuando tres de mis camaradas logran unírseme, y tras unos segundos interminables logramos ganar unos pobres y tristes dieciocho metros de campiña desolada, que en media hora más será recuperada por la línea de lanzallamas que hace gemir cien metros a lo lejos, a otros compatriotas, destinados a bailar la danza sutil de una muerte horrenda, hecha molde sobre la materia humana dispuesta a ser avasallada.¡Ah Verdún!, masa inerte de muerte y Belleza militar; cómo te extraño ahora, que desde mi silla de ruedas y mutiladamente sano, miro el césped verde de un hospital lejano y escondido del interior de una Francia, que aún no sufre el infierno incesante que me tocara vivir. Sufro de la permanente depresión incurable de una intensidad furtiva que jamás volverá, y no logro ni lograré callar las bombardas que fueron mi más querida compañía, ahora que nada soy sin Verdún, pues mi amada y paradojal Batalla se llevó mi alma, mi vida y mi plenitud enfermiza, dejando un hombre vacío, tras la muerte de los rifles sin balas, cuando por desgracia fui recogido agonizante, al fondo de una trinchera temporalmente victoriosa.
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