AMERICA Y AQUILES
Sergio Meza C., Villa del Cobil, Rengo, Cachapoal, Chile, Sudamérica - 03-10-2005 20:36:43 | Categoria: Invitados a Publicar
(Aporte de Ignacio Faúndez Figueroa; se trata de un libro previo a la Travesía inaugural de Amereida en el año 1965; a partir de un hallazgo en librería de viejos de Samuel Pavez; Arquitecto UCV)[Volver a la Página Principal de este Blog]
Nuestro convidado de aquella noche era el joven Ministro de Defensa Nacional de Chile, Juan de Dios Carmona. Conversábamos en un rincón de la sala, al calor reconfortante del hogar y del vino de Patricio Kaulen, cuando, buen “canga ceiro” de las Alagoas y de Ceard Grande, se asomó desde mi cintura el asta de cuerno de un puñal. A la vista de la vaina de fino cuero y de la lámina acerada del pequeño puñal de campesino del nordeste, los ojos del campesino chileno brillaron con aquel extraño fulgor de virilidad que encienden las armas, desde tiempos inmemoriales, en las pupilas de los machos. Era apenas una pequeña navaja, de esas que llamamos en el interior de “parmaibq” o de “pajeu” que yo traje de las Halagaos, y que tanto podía ser obra de la artesanía de Crato, Joazeiro o Campina Grande, como de Pernambuco, Sergipe o Bahía, en su caprichosa valna de cuero curtido tal vez en las tierras de mis primos. Feitosas dos Inhamuns, o, quién sabe, de los cuartos de un terreno de los corrales de Batalha o Jacaré dos Homens. Era apenas una insignificante navaja del nordeste brasileño. Pero de repente con el resplandor de su pulido acero, y al chispazo de los ojos de los hombres curiosos y de las mujeres elegantes, recorde a Aquiles en la Corte de Licomedes. Y no sé si la presencia de Aquiles no sé si la presencia del arma típica de los hombres de mi tierra, no sé si los bellos ojos negros, verdes. Azules, café, de las damas chilenas que se deslumbran fascinadas por la hoja del puñal, se irguió en medio de todos nosotros, en medio de aquel salón y de aquella noche invernal, como un golpe de Belleza y de dolor indescriptibles, la imagen viva de la unidad de América.
La verdad es que nos habíamos reunido aquella noche para hablar de América y verificar, con elementos puramente poéticos, la totalidad de su destino. La voz poderosa –la más alta y más pura de las voces poéticas de mi generación- de Golfredo Tilo Iommi, nos convocó a la extraordinaria aventura de “Amereida”, -una expedición poética, una navegación mediterranea a través del mapa de las Américas- nuestra América, caminada de norte a sur, del este al oeste, proyectando sobre su suelo el Crucero del Sur, en una línea lanzada de la Patagónia a las Guayanas del litoral de Bahía a las costas del Pacífico.
Eramos una cruzada de poetas, arquitectos, filósofos y pintores. Todos estábamos llegando de París, Londres, Roma, Buenos Aires, Azteca, Río de Janeiro, un poco de todas partes. En este momento en que escribo esta instroducción, aparentemente ajena a un libro que pretende tratar de la presencia política del Presidente Eduardo Frei y de Chile en el mundo americano; la “Advertencia”, salida de Valparaíso A Santiago, ya descendió en Punta Arenas, la ciudad más austral del mundo y, camina por las capitanías del hielo y la soledad patagónicos, rumbo al vértice del planeta que se estrecha cual embutido en la Tierra del Fuego. Pero esto es otra historia…
* * *
De cualquier modo, este libro nació aquella noche cuando hablábamos poéticamente de América. Recuerdo muy bien: el escultor argentino Claudio Girola Iommi recogía en una grabadora, para el archivo de Amereida y de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, la exposición que algunos de nosotros hacíamos sobre América. Habló el profesor José Vial Armstrrong, explicando el porqué la Facultad de Arquitectura patrocinaba y entendía como fundamental la tarea poética de Amereida. Habló Alberto Cruz, Director de la Facultad, acerca de la América cubierta de velos y de su aparición a la luz. Habló Golfredo Iommi, evocando pasajes de Euclides de Cunha y el “matrerismo” de Martin Fierro, y fijando los rasgos y riesgos de América. Habló el poeta panameño Edison Simona, que dejó el remanso de su Biblioteca del Institute de Hautes Etudes pour l´AméricqueLatine, de la Sorbona, para venir a alojarse conmigo en un pequeño departamento al pie de Agua Santa, a orillas del Pacífico, en Viña del Mar, y de ahí saltar a Punta Arenas y Río Gallegos. Con muchos años de intensa vida cultural, de la vida misma, en los países de Europa, volvía el panameño de tierras de España y Francia, de peregrinaciones a los santos lugares de Grecia, de vigilias delirantes en Delfos, como quién vuelve de Hades. Le faltaba el suelo debajo de los pies. Le faltaba suelo donde lograr el consuelo –como exclamó en aquella noche, no en la “trouvaille” de palabras equivocas, sino una verdadera teofanía de América, de nuestra América, apenas si despuntada en su mito, como propiciadora y suplicante a un tiempo de “suelo” y “consuelo”. Por esto iba a partir –como partió el panamento, hijo de hindú- repitiendo la misteriosa simbología de la flota de Cabral, en que el lenguaraz, el intérprete, el primer navegantes que hablaría a la tierra descubierta, vino igualmente de la India Gaspar de las Indias. Por esta razón también, a la oferta y al pedido de suelo y consuelo del continente, para las temerarias entradas generales de Amereida, vinieron todos los que se encuentran en este momento recorriendo el cuerpo vivo de América, caminando sobre las rutas al mismo tiempo inocentes y peligrosas de su mapa nunca ante navegando: el pintor argentino Pérez Román, auténtico pintor de América, en el sentido en que Ghirlandajo lo sería de su ciudad, y que dejó su atelier de París para el mito del viaje fantástico; el poeta francés Michel Déguy, el filósofo Francois Fédier, el escultor Claudio Girola Iommi, el Arquitecto Fabio Cruz Prieto, el poeta inglés Jontahn Roulting y otros ya mencionados. Y como la historia de la raza de los Hombres, se para el pensamiento griego, sea para el pensamiento cristiano, sea para el pensamiento marxista, no se fundamenta sino sobre el mito y la revelación –el mito hace la historia; el propio Marx planta las raíces históricas de la dialéctica en la sociedad celestial, en el drama de Caín y Abel- el mito de Amereida desatará la historia. Y los que un día sueñen con conducir a los pueblos de América Latina a la promisión de su enmancipación económica, de su emancipación cultural –de su independencia plena- tendrán que mirar, tal vez a esta Amereida que corta el suelo de América, como los niños de mi generación observábamos aquella Columna Brestes o como los judíos vueltos a la serpiente de juego que los encaminaba al desierto. Pero esta es otra historia.
Lo cierto es que este libro, de contundente compromiso político, de maldición para los tibios y los enajenados, nació en aquella noche puramente poética, y de un acto puramente poético. Me vino la idea de escribirlo, y de escribirlo para todas, para el pueblo a pesar de este prefacio, dirigido apenas a los más responsables. Me visto la idea de escribirlo; pero en ese mismo momento me llamaron a dar mi testimonio –el testimonio de un poeta brasileño- , el único brasileño que estaba allí, pues Efraín Tomás Bó, Abdias Nacimiento, el negro, Heitor O’Dwyer, Joaquin Ponce Leal y José Francisco Coelho, también invitados, aún no llegaban aquella noche.
Edison Simons habló de una “urgencia” de América. Este fue el legado que me quedó de sus últimas palabras al declarar que “América tiene urgencia”. Me apoyé en esa idea para decir más o menos lo siguiente:
“Hay una urgencia, verdaderamente. Parece que le tocó a nuestra generación, como a ninguna otra anteriormente, como a ninguna otra después de nosotros, la urgencia de América.”
Como en aquella increpación del Evangelista, según la cual “el amor de Cristo nos urge”, a nuestra generación la urgeel amor de América. Pero ¿por qué nosotros? ¿Por qué a nuestra generación? ¿Y somos nosotros acaso una generación, en el sentido que estamos separados de otra cualquiera por una nítida frontera histórica, señalada en el tiempo y el espacio? Parece que sí, si tomamos como señal del aparecimiento de una generación aquella Palabra de Ortega y Gasset, según la cual ella se revela cuando la sensibilidad de algún hombre o de algunos hombres se da cuenta de estar tocando ciertas “zonas de piel aún intacta” de la historia. A esos hombres priviligiados les corresponde invitar a otros para que participen de su sensibilidad. Nada más natural que esos privilegiados sean poetas y arquitectos. Desde muy antiguo sabemos que el poeta es el vidente, el vale. En cuanto a los arquitectos hasta los sociólogos, que en general no saben nada o solo aprenden después, sustentan ellos el marco divisor de la extinción o nacimiento de una civilización según, la tesis de Sombart, y creo que también de Spenglen, para la cual la señal del cumplimiento de una civilización es la crisis de una arquitectura propia: una civilización se cumple, cuando se cumplen los cánones de su arquitectura. Y esto porque ninguna profesión es tan análoga a la de los dioses como la del poeta y del Arquitecto. Ambas poseen los poderes de la cosmogonía. Fundan. “Lo que existe, los han fundado los poetas”, enseñaba el maestro Hoelderlin. Como el Arquitecto funda un espacio y para un tiempo, el poeta funda para todos los espacios y todos los tiempos. Horacro ya lo sabía: “monumentum exegi aere peremnius” –fundé un monumento más duradero que el bronce-. D e esta forma, nadie como el poeta, portador de la esencia de la poesía, es portador tan legítima y eficaz de la esencia de la historia humana y, por lo tanto, de la verdadera esencia histórica, dentro de la cual se elaboran los destinos de un pueblo.
Sentimos y nos damos cuenta –poetas, arquitectos, artísticas- que aquí y ahora comienza una nueva hora de la historia, como la Epifanía de América. Y América para mi es la América Latina, la que se encuentra en la última cabaña del Río Grande mejicano, hasta el Cabo de Hornos, la región del viento, solo el viento, como en el bello libro de mi amigo Enrique Campos Menéndez, la que habla la dulce lengua portuguesa en la selva, en las cordilleras, en los campos, en los siete mil cuatrocientos kilómetros del Atlántico brasileño, y que habla español en los países de Bolívar, de Cárdenas, de San Martín y de Carrera (perdónenme los chilenos que me acuerde de él, de este americano trágico, antes de mencionar el nombre grande de Bernardo O’higgins Riquelme...)
No me pidan lógica no hace la historia. La historia está fundada sobre la leyenda, el mito, la magia, la revelación –sobre lo lírico y no sobre lo ético de los pueblos-. El Apocalipsis de nuestro tiempo, como la visión de Soloviev o de Rosanoff, es el de todos los tiempos. Y es él que nos damos cuenta de que, terminado el mundo positivista de los tres estados de A gusto Comte, traspuesto y devorado por su propia lógica el mundo dialecto de las tras clases de Marx, extenuada la sucesión de vigencias de fecundidad de tres humanidades (protohelénica, grecolatina y esta que ocupó a Europa, de la Edad Media a la última guerra, en que fue Europa derrotada), agotadas las vigencias de esas tres humanidades esta es la hora de la cuarta humanidad. Ahora. Y ahora, por esto, por todo esto.
¿Y por qué aquí en este lugar?
La humanidad protohélenica perteneció al Asia y a los bordes asiáticos del Maditerráneo. La humanidad grecorromana perteneció al Mediterráneo europeo. Y la tercera humanidad ocupó a Europa entera. Ahora, cuando la ciencia iguala al poder de las naciones con la revolución de la tecnología, de la electrónica, de la cibernética, ahora y solo ahora cuando se decreta científicamente la defunción de las teorías de Metternich sobre el equilibrio de las naciones, estamos, verdaderamente, delante de la cuarta humanidad. De una nueva humanidad que, por fuerza de todas las condicionantes históricas, habrá de ser apocalíptica en sus proporciones; proporciones y no porciones, como en la extinguida civilizacióndel Príncipe de Metternoch. Esto es: ha de reunir, como el Libro de las Revelaciones, a todos los pueblos y a todas las razas.
¿Y en qué pedazo del planeta se podría producir el encuentro de todos los hombres de todas las razas?
Delante de la Europa canonizada en la cultura del hombre blanco, delante de un Asia implacablemente ceñida a la cultura del hombre amarillo, delante de un Africa que apenas balbucea y se encierra en los valores de su negrura, delante de esa lamentable yanquilandia, la Yanquilandia Bárbara, como la llamó Güiraldes, capaz de todos los valores adjetivos de la democracia ornamenta; pero incapaz, inepta, terriblemente ineficaz para el ejercicio sustantivo de la democracia, que ha masacrado y desterrado de la sociedad a millones de seres humanos inocentes, en número más espantoso que el alcanzado por cualquiera dictadura y con los más crueles pretextos, delante de todo eso, ¿qué puerto único seguro queda para el apocalipsis de los pueblos, a la cuarta humanidad sino nuestra América, la América latina? Esta América que se prepara la misión estupenda desde su fundación, porque aquí parecen haber dispuesto el encuentro todas las razas dispersas al pie de la Torre de Babel. Bastaría acordarnos del Brasil, con sus millones de hombres negros, millones de “amerindios”, amarillos, blancos y mestizos de todas las razas ¿En qué otra tierra, en qué otro continente se podría realizar este encuentro apocalíptico de las razas para la fundación de la cuarta humanidad, sino en América latina. Esta es lo que está siendo escrito por las huellas de los poetas desde los páramos patagónicos.
Aquí, pues, en la América latina, comenzamos con una aventura sin lógica de poetas y artistas, a anunciar la novedad de un periodo de la historia. ¿Y por qué escogemos a Chile para comenzar esta aventura? Y en Chile, ¿por qué el Cabo de Hornos?
Chile, porque este admirable país encierra en su patética geografía dos presencias fundamentales de América, dos privilegios de su historia, de su revelación. Es el país americano más largamente ofrecido al Pacífico, este Pacífico que fue donado al mundo por América, este Pacífico que es América un “mar chileno”, habiéndole correspondido a Chile la misión de detenerlo con los diques fulgurantes de nieve y sol de la cordillera monumental. Ese Pacífico, cuyo descubrimiento por Bulboa constituyó una revolución tan grande como el descubrimiento del Nuevo Mundo, una revolución en la cosmografía. Pues aún Balboa, por Tolomeo –Colón inclusive-, creía que el mundo estaba compuesto de cinco partes de tierra y una sexta parte de agua. Fue el descubrimiento del Pacífico, del mar chileno, que fundó y dio origen a una nueva geografía, que hoy aprendemos en la escuela y según la cual no una sexta parte sino tres cuartas partes del globo están cubiertas de agua. Sirven esas playas de sargazos se situó con Vasco Núñez de Balbao el punto cero de las nuevas avenidas del mundo, ¿por qué no situar en ellas también, ahora, los nuevos caminos de América?
Además de eso, fue también en Chile que se hizo la primera gran navegación mediterránea del continente, con la expedición de Almagro, que trazó en la ida el mapa de la cordillera y al regreso el del desierto, desde la línea donde pierde su contorno el Norte Chico y comienza el Norte Grande y los adustos desierto de Atacama. Por estas razones, en Chile.
¿Y por qué en el Cabo de Hornos? Porque es allí, en las tierras abandonadas de hielo y viento de la Antártica, donde se encuentra, según se coloque el planisferio, como en la carta de Pigafetta, la cumbre de América, o la punta del embudo que la destila.
No hay mejor lugar para meditar acerca de la América una e incontable, que allí, en la garganta de agua en que se unen el Atlántico y el Pacífico, en que la América de los portugueses y la América de los españoles es una sola, las aguas propias y la provincia austral incorporada a los países de lengua española, Chile y Argentina, pero bajo la égida conspicua de la lengua de los brasileños, con el nombre de Magalhäes, nombre lusitano del portugués Ferná de Magalhäes, bautizando el Estrecho de su periplo y la tierra blanqueada por los rebaños de ovejas.
Allí, principio o fin de América, está el lugar para todas las meditaciones del continente; inclusive, la cuidadosa meditación sobre la condición de subdesarrollo de nuestras patrias. El señor Mario Vieira de Melo hacía notar recientemente que ese subdesarrollo era para nuestros países casi un signo, un pretexto de optimismo. De él se acordaban los políticos en sus discursos como de una promesa y una esperanza: éramos subdesarrollados, porque éramos adolescentes y, por ser adolescentes, éramos países del futuro. Hoy, cuando el desarrollo es motivpo de foros ideológicos, el subdesarrollo es invocadocon resentimiento y rencor, como una humillación y una vergüenza. Y a los muchachos de América se les enseña que el mayor pecado que pueden cometer es el de la alineación frente a la lucha por el desarrollo económico, la alineación frente al proceso económico.
La voz de los poetas, por lo tanto, nos va a enseñar, desde los confines del cabo de Hornos, que además de las cinco alineaciones catalogadas por Carlos Max, hay otra más de la cual derivan todas las demás, y que es por lo mismo, un pecado mayor: la alineación de los poderes adivinatorios de la poesía, del poeta, que toca con los dedos, las zonas de la piel aún intacta de la historia, que corrige los punteros del reloj apocalíptico, que rasga en el calendario la fecha de la Epifanía de América; aunque todo esto parezca a los hombres de buen sentido una insensatez y una imprudencia. Pero el poeta, que posee la ciencia del futuro, la ciencia del Apocalipsis, va a hollar las regiones todavía no pisadas de América, para que ella tenga, justamente con él, esa ciencia. Para que ella tenga conciencia de sí misma. Porque tener ciencia conjuntamente con alguien es tener con-ciencia. Solo eso le falta a América latina para tomar posesión de su capacidad para emancipar.
“La América –nuestra Amnérica-, enseñaba el poeta en aquella noche, cuando Alberto Cruz pretendía quitarle sus velos, la América aún no está descubierta: apenas si fue encontrada”
Y he aquí que la pequeña navaja de Camiri o de Campina Grande reflejo aquella noche en su lámina toda la historia de Aquiles. La historia de Odisea cuando, disfrazado de mercader y queriendo descubrir a Aquiles que disfrazado de mujer vivía entre las mujeres en la Corte de Nicomedes, tuvo acceso al palacio para vender perfumes, joyas y tejidos a las aisladas del gineceo. Entre ellas estaba Aquiles. Para descubrirlo, para integrarlo a su propio destino viril, el astuto Odisea, después de depositar en el suelo los perfumes y las joyas, coloca en un rincón de la habitación una pequeña colección de armas. Un par de ojos sobresalen fulgurantes, abandona el interés de sus compañeras y se lanza, fascinado, sobre las dagas y espadas. Las Armas aparecen como un signo de virilidad. Pues esta es la hora de abrir los ojos de los Aquiles latinoamericanos, aprisionados en los serrallos del imperialismo capitalista, ofreciéndoles armas, todas las armas, que los puedan llevar a la afirmación de su virilidad, de su mayoría de, es decir, de su emancipación. Y no solamente de la emancipación económica, sino de la emancipación del espiritu, de la cultura, que determinan todas a las otras; aquella que nace de la conciencia de su propia fuerza y que brotó en el corazón de Aquiles al poder medir con su propio puño las guarniciones de una espada.
Pues allí, en aquella noche chilena de la partida de Amereida; la propia presencia de los convidados de la casa de Manquehue, al pie de Farellones, al pie de los pináculos nevados de las Ibiturunas andinas, me pareció ver la preencia apocalíptica de América, de todas las razas de la tierra: la pequeña sociedad en que nos encontrábamos era la parafernalia de un microcosmos apocalíptico. Ahí estaban en efecto, los propios sobrenombres de todos nosotros, todas las sangres de los pueblos. Y éramos todos americanos: los italianos Gófredo Tito Iommi, Gabriela Matte Alessandri y Claudio Girola Lommi; el hombre del país de los Mouröes de la falda de Ibiapaba; el español y el inglés en José Víal Arstrong; el español y el portugues en el gentilicio puramente lusitano de dos chilenos, el ministro Carmona y el científico Juan de Dios Vial Correa; el alemán Patricio Kaulen nuestro anfitrión; el asiático hindú Edison Simón, y el indoamericano Alberto Cruz; celtas, indios, mestizos de blancos, negros y amarillos, rubios y trigueños, Alberto Baeza, la sangre francesa en Miguel Eyquem, y quién sabe que reminiscencias moriscas en la raíz española de Fabio Prieto...
Fue ahí, en aquella noche, delante de aquella maravillosa unidad de la América innúmera, que se dio el viento propicio para Amereida. Para mostrar a los ojos cándidos de América las armas con que, como Aquiles, partirá a la enmancipación definitiva, la cimitarra centelleante de la poesía con que la estamos cortando en esta hora, de la Patagonia a Oiapoque. Esa expedición de artistas podrá parecer un “monsense”, una locura, una temeridad, una imprudencia. Pero ya Camoens sabía que después de una termeridad de esas, de una locura similar, fue que los diosesllevaron a los marines de Gama a la isla venturosa:
“que grandes son las cosas y excelentes
que el mundo reserva a los hombres imprudentes”.
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Según Max Scheler, toda política tiene su teología. Esa noche me pareció que toda política tiene su estética. No sé por qué imaginé, de repente, qué significaria, como proyección política de Amereida, la posición de Chile. ¿La posición del Presidente Eduardo Frei? ¿Sería Eduardi Frei tamnién un “hombre imprudente”? ¿Sería Chile un país “imprudente”, no en el sentido de la parábola de las vírgenes, sino en el sentido de la épica y fecunda imprudencia de Gamoens?
No sé. Pero tuve la corazonada, tal vez poética, de que a este país le está reservada la misión de abrir para América la brecha de “aquellas grandes y excelentes cosas que el mundo reserva a los hombres imprudentes”, de acuerdo al vaticinio de los Lusiadas.
Si, es cierto que Chile se incorpora como uno de los más eficaces laboratorios de la historia americana, como uno de los más ejemplares planes de este continente. Como símbolo de unidad. Que es uno de sus destinos, una de las cimitarras de Aquiles de su realización histórica, y cuyo mayor obstáculo ha sido la confusión de los expertos y de los tontos útiles” que nos desean divididos y, más fácilmente, sumidos en los corrales del Rodeo de Washington, según la teoría que pretende reducir los pueblos a una dicotomía de dos mundos, es decir, de dos señores. Quiéranlo o no los castrados y los expertos, nuestra América tiene una vocación completamente distinta a la de los Estados Unidos de Norteamérica. Somos valores históricamente heterogéneros, sin que por ello debamos odiarnos. Pero sí otras coordenas marcan el mapa Stimmung, de la vivencia latinoamericana, y enteramente diversas de aquellas que conforman el “american way of life” de los Estados Unidos norteamericanos, su comportamiento político, económico y cultural. Más aún: estamos irreludiblemente más próximos de Europa, de corazón, de espíritu, del destino de sus raíces latinas, que de las callejuela de cemento de Wall Street o de las casamatas del Pentágono. No somos una continuación ni prolongación, mucho menos un grupo de peones de una hacienda del Tio Sam. Incluso antes de capitular al entreguismo político y económico, no admitimos el entreguismo histórico y cultural, el entregusmo geográfico, sea éste aterciopelado en las cláusulas sagaces del doctor Monroe o en el brutal cinismo de Theodore Roosevelt “yo tomé la Zona del Canal” – y la insolencia de los plutócratas del Departamento de Estado, que preguntaban “¿cuánto cuestan los gobiernos del Caribe?, y el tripudio de Olney, al proclamar en nombre de la Casa Blanca que “nuestra Palabra” es ley en el continente americano”.
Pertenecemos a otro mundo no apenas distinto sino hasta antagónico al mundo de Yanquilandia. Tan antagónico, que Spenler no dudó en profetizar que un día la humanidad se enfrentaría a sus dos últimas opciones: América latina y América del norte. Porque los Estado Unidos poseen el carisma de la vocación del Antiguo Testamento: construirán una “civilización” cerrada, la civilización del “pueblo elegido”; en cuanto a América latina, es la civilización del Nuevo Testamento, del Apocalipsis, de todos los pueblos. Por eso también Keyserling abona la teoría de que el hombre del futuro, el hombre telúrico, ha de salir de aquí, de esta nuestra América que, de acuerdo al pendamiento del eminente sociólogo mejicano José de Vasconcelos, “ se puede teñir de un solo color en el mapa del Nuevo Mundo , desde el Río Grande a la Tierra del Fuego”.
“Dos cosas nos unen a los latinoamericanos, presenta Gabriela Mistral; ellas son nuestro amado idioma castellano y nuestra desconfianza de los Estados Unidos”. En vez de desconfianza”, deberíamos decir “discriminación”. Porque somos otro pathos. Si no desde Colón, y desde el siglo XVI, cuando apenas se comenzaba a descorrer la cortina de las nuevas tierras –siempre por españoles y portugueses, pues es el español Ponce de León quien descubre Florida, es el portugués Joao Rodríguez Cabrilho que descubre California, después que los portugueses Gaspar y Miguel Cörte Real llegan a Terranova, al Labrador y al Estrecho de Davis, y que Fernández de Soto descubría Gorgia, Alabama, Louisiana y Mississipi- si no desde Colón, se entiende, por lo menos desde la Ley de Jaime I en 1606. Por esa disposición el Rey de Inglaterra inició la colonización de su América inglesa; pero no fundado Capitanías, provincias y virreinatos con guerreros y estadistas, como los españoles y portugueses, que dilataban la fe y el imperio, sino con dos firmas de comerciantes que arrendaban las tierras como lugar de comercio de dos empresas, una de los cuales tenía la conceción de la Virginia meridional, cuyas fronteras abarcaban el Cabo Fear y las orillas vagas del Potomac; era la Plymouth Co. La otra, la London Co. Con la Virginia septentrional por mercadería, operando en las bahías del Hudson, hasta Terranova, la vieja Alcaldía, Nueva Escocia... Tal vez ahí esté fundada la línea divisoria de las aguas de nuestros dos mundos. Porque, con nuestros países económicamente más pobres, nuestro mestizaje increíble, nuestros campos llenos de campesinos analfabetos y abandonados, nuestras calles repletas de mujeres grávidas, a veces de mendigos y de desnutridos; ofrecemos evidentemente un espectáculo diferente al de los vigorosos muchachos que empujan a la raza blanca a despreciar a negros y amarillos, que consideran raza de segunda clase a sus inmigrantes españoles e italianos, y que preparan sus menús con raciones de vitaminas. Otro espectáculo, no hay Duda, donde al contrario de la frase eufórica de Sáenz Peña, todo nos separa y nada nos une. Porque lo cierto es que tenemos un alma nacional mucho más diversa que aquella que el viejo Rooselvet, en carta al poeta Federico Mistral, decía ser la de su pueblo, fundada en “los simples expedientes de los negocios”. De hecho, para espanto grande de los americanos del norte, como lo señala uno de sus sociólogos, Samuel Guy Inman, en la Introducción de su estudio sobre “El destino de América latina”, tenemos aquí una especie de alma, según la cual la dignidad de los valores humanos se pone por encima de “cualquiera ganancia pecuniaria o avance práctico”.
¿Estamos en la verdad o muy equivocados? ¿Somos más felices o más desgraciados? Piensen ellos lo que quieran; preferimos ser lo que somos y entendemos que aquellos que traicionan a nuestras América con el entreguismo económico perderán un día la apuesta, porque jamás esos obstinados hijos de portugueses y españoles que somos, llegaremos al entreguismo de los valores espirituales y culturales de que nos nutrimos...
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La propaganda de la democracia y del panamericanismo del Departamento de Estado ha insistido en los últimos años en empujar a los países latinoamericanos a una posición dilemática. Los más cautelosos hablan de dos agresiones: la agresión soviética y la norteamericana. Los miedosos son llevados, naturalmente, a imaginarse cualquiera de sus agresiones. En el terrorismo político con que se presenta esta opción, una cierta Epifanía de pánico se apodera de nuestros tranquilos burgueses, de los latifundistas, de las dueñas de casa, de la clase media, de los grupos religiosos menos esclarecidos, para los cuales la agresión soviética, coloreada de horrores inminentes y emientes por la prensa reaccionaria y por los falsos intelectuales, asombra a todos con el espantajo del “paredón de Cuba y con la truculenta amenaza de los comunistas del continente. Por otra parte, la agresión norteamericana, incluso para los que se permiten admitirla, en la intimidad de esos grupos aterrorizados por el comunismo, asume aspectos de torneo más o menos amable de intereses económicos, capaz, es cierto, de llevarse el plátano y dejarnos la cáscara. Llegan a admitir que pueden arrancarnos los anillos, pero que nos dejan los dedos; despojarnos de la camisa, pero dejarnos la piel. Los hombres de la extrema izquierda, a su vez –y aquí recuerdo algunos discursos del señor Leonel Brizola en la Cámara de Diputados- justifican la violenta toma de posesión antinorteamericana con un alegato de una jerarquía de espacio y tiempo entre las dos agresiones: las agresión soviética sería más remota, lucharíamos contra ella cuando llegasé a hora; en cuanto a la americana, esta es inédita, ya esté dentro de nuestras casas y debe ser repelida ahora, bajo pena de ser liquidados.
Confieso que estuve yo mismo algún tiempo perplejo ante la insistencia con que se presentaba el dilema.
Adusto hijo del país de los Mouröes, traigo en la sangre el mito de mi tierra nordestina. Y no es un vano. Porque fue en el corazón de las Halagaos, en una antigua casa típica del ingeniero nordestino, que un viejo y valiente coronel alagoano señor rural de feudos de la caña en la región del azúcar y de las haciendas ganaderas de la zona “sertaneja”, fue en el corazón de las Halagaos que un hombre de la tierra, enraizado en el culto de sus tradiciones familiares, de su religiosa, de su derecho de propiedad a los latifundios donde reinaba, con todos los ingredientes éticos, históricos y hasta estéticos que podrían conformar la estampa de un “conservador”, de un “reaccionario” y de un anticomunista típico, me descifró el enigma.
Discutíamos en el pórtico de su casa de Mundaú, a la sombra de la capilla secular donde descansan los restos mortales de sus antepasados, sobre los caminos dramáticos de la política brasileña. El viejo alagoano oyó todas las opiniones sobre el peligro comunista y el peligro americano. Y comenzó a hablar pausadamente: si el comunismo soviético se implantara en este país, él aceitaría las viejas carabinas que tenía en casa, se levantaría con los suyos para defender sus tierras, su propiedad, y todo lo que ente día era su derecho y su libertad. Y estaría dispuesto a morir en las tierras de su ingenio cuando llegara su hora, justamente por ese derecho y esa libertad. “El norteamericano –continuaba- posiblemente no tomaría ni mi ingenio ni la capilla donde duermen mis padres y mis abuelos, y que es nuestra desde los tiempos del Imperio –y sonreía con noble orgullo-, aún de antes de los tiempos del Imperio, de los mismos tiempos de la Colonia. La agresión americana es otra: corrompe a mis nietos, que ya no beben licor de caña, sino Coca-Cola. Que entienden que es más importante un buen negocio de corretaje de propiedades en la ciudad que el apacible trabajo del campo. Que bailan, cantan y piensan lo que les mandan danzar, bailar o pensar por medio de los “trusts” de divulgaciones y deformación del cine y la televisión norteamericanos. La agresión norteamericana no nos roba la tierra, el derecho a la propiedad ni la libertad; pero nos roba mucho más: el carácter, el alma, el gusto, el coraje de defender todo esto. La agresión comunista me deja al menos el derecho a luchar y morir por los valores que defiendo. La norteamericana despoja a nuestro pueblo hasta del derecho a luchar y morir por sus valores. Porque lo que ella provoca es el desamor, esto es, la traición a dichos valores. Y en vez de luchar por ellos, vencida por esa agresión, nuestra gente capitulará en el entreguismo total: el entreguismo de su cultura, de su alma nacional, ante cuya consumación el entreguismo económico es apenas una consecuencia”.
Y concluía:
“Entre la agresión soviética y la norteamericana, mi primera lucha ha de ser contra la agresión de Washington y Nueva York”.
El anciano señor del ingenio alagoano tenía razón. Más todavía, cuando vemos que esa agresión no solo nos puede destrozar la camisa, como piensan los ingenuos, sino incluso la mismísima piel, como acaba de suceder al pueblo de Santo Domingo, y hasta lo que está escondido bajo la epidermis –el corazón, el alma, la fibra, la vergüenza- como ocurre a los que pretenden entregar a los Estados Unidos del norte el destino de nuestros desunidos Estados del sur...
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Cuando Wladimir Poznér intenta hacer su crítica al país que llama “les Atats Desunís”, su “trowaiile” no pasa de un gracioso juego de palabras equívocas. Pues, en verdad, en todo aquello que les es fundamental, son unidos. Más unidos que cualquier país del mundo, unidos como las acciones de una sociedad anónima, ni siquiera llegando a tener un nombre de nación y respondiendo, como en nuestro juego de palabras, menos gracioso y más cruel que el Poznér, apenas a una sigla de una próspera empresa comercial: USA. Esa unión representa, sin la menos Duda, una cualidad positiva de la poderosa nación del norte. No desearíamos –y el autor de estas páginas está lejos de introducirles cualquier sentido de hostilidad -, no remotamente, estimular cualquier tipo de agresión contra los Estados Unidos. Lo que si deseamos es no ser agredidos. Lo que deseamos es que no se pretenda imponernos su “american way of life”, su concepción de libertad y democracia y sus estilos imperialistas de política económica, de política internacional, de militarismo o sus moldes culturales. Pocas cosas, por consiguiente, podremos aprender de los norteamericanos, fuera de aquellos aspectos del progreso tecnológico, ofrecidos por lo demás por cualquier país desarrollado. Hay, sin embargo, una cosa, tal vez la única, que América latina podría haber aprendido de ellos: la unidad de sus estados. Pero parece sus justamente esa la que no quieren que aprendamos.
Si la América española hubiese sabido responder a la grandeza de Bolívar y al milagro portugués de la unidad brasileña, otros compases habrían marcado el proceso de desarrollo de la América latina. Lamentablemente, la obra maestra del imperialismo que todavía ahora, durante nuestra generación, acaba de desmembrar al Africa en pequeños países ineficaces, condenados a la incapacidad demográfica de un mercado interno impotente para obtener algún día la emancipación industrial –aquella misma obra maestra del imperialismo transformó el mapa formidable de Bolívar en un “puzzle”de desesperación-. En un mundo de economía industrial de producciones macizas, ¿cómo puede un pequeño pueblo de dos, tres o cuatro millones de habitantes, pensar en términos de nacionalismo económico y emancipación industrial?
El “puzzle” dramático llevó al Libertador a la desesperanza en sus últimos días. Nada más melancólico que las cartas de Bolívar en 1830, cuando exclama desencantado: ¡Esta América es un caos¡”.
En su encuentro con Saturno, en el famoso “Delirio sobre el Chimborazo”, escribía el 27 de octubre de 1830.
“Vuelvo a ser hombre y escribo mi delirio ... Estoy desesperado con los hombres y con las cosas y mucho más al ver el empeño que hay en que yo haga lo que no puedo y lo que no podría el más grande de los hombres: la restauración de Colombia.”
En carta anterior, del 16 de octubre, manifiesta:
“La situación de la América es tan singular y tan horrible que no es posible que ningún hombre se lisoniee conservar el orden largo tiempo no en siquiera una ciudad. Creo más que la Europa entera no podría hacer ese milagro, sino después de haber extinguido la raza de los americanos o, por lo menos, la parte agente del pueblo, sin quedarse más que con los seres pasivos. Nunca he considerado un peligro tan universal como el que ahora amenaza a los americanos: he dicho mal, la posteridad no vio jamás un cuadrado tan espantoso como el que ofrece la América, más para el futuro que para el presente, porque ¿dónde se ha imaginado nadie que un mundo entero cayera en el frenesí y devorase su propia raza como antropófagos?... Esto es único en los anales de los crímenes y, lo que es peor, irremediable”.
En ese entonces las fronteras de nuestras repúblicas, con sus disputas, competencias y aduanas artificiales, aparecían al Libertador una “antropofagia”: una autofagia de América.
Al fagor de la revolución y en la euforia romántica de la emancipación política de la vieja metrópolis, se perdió el verdadero concepto de independencia Santander, en 1821, se dio cuenta de la tremenda equivocación, en un artículo de “La Gaceta de Bogotá”: “Hemos confundido indpendencia y libertad”.
Los artículos de Jamaica y la Proclamación de Angostura denunciaban, del mismo modo, el crecimiento de todos los elementos de ruptura en la república naciente. En términos aflictivos Bolívar expresó su práctica conclusión de que serían necesarias muchas generaciones luego de la suya para que América lograse “un gobierno”: esto es, una unidad de esfuerzo para salvarla del caos.
Usted sabe –escribe el 9 de noviembre de 1830- que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1, La América es ingobernable para nosotros; 2, El que sirve una revolución, para en el mar; 3, La única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4, Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5, Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se designarán conquistarnos; 6, Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América”.
Y concluída, debatiéndose aún entre la desesperación y la esperanza: “No crea que soy un hombre que veo visiones, que lo que yo preveo son cavilaciones de enfermo, sino los cálculos de una razón experimentada. La revolución de Colombia no será más que una inmensa rueda, que rodará hasta que se acabe Colombia, y si Dios no viene, nadie la para”.
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Parece que, por lo menos en parte, ciento treinta y cinco años de historia darían la razón al pesimismo de Bolívar. Lo que queda por saber es si han llegado, finalmente, los tiempos en que podremos detener la “inmensa rueda” y fundar definitivamente la independencia de nuestra América, comenzada por Bolívar, San Martín, O´higgins, Pedro I, José Bonifacio; la revolución que corte el cordón umbilical de la metrópolis económica del Norte, como cortó en la primera mitad del siglo pasado el cabestreo de la metrópolis política.
Esta independencia se alcanzará el día en que los gobernantes de América latina se levanten, no para agredir a los Estados Unidos del norte, sino decirles ¡NO! A sus veleidades de dominio continental. Cárdenas en México, y Janio Quadros, en el Brasil, fueron, entre los gobernantes del continente, de los más lúcidos precursores de esta posición. Fuera de estos dos eminentes estadistas, hubo episodios más o menos significativos, como el de Perón en la Argentina, deteriorado por lo mismo por el primarismo rosista y otros aspectos que no vienen al caso.
En cuba se estableció el ejemplo conspicuo de Fidel Castro, quien se dejó envolver, aparentemente por lo menos, por la provocación imperialista de la famosa opción entre Washington y Moscú. Su figura conduce en el continente el comportamiento agresivo de los pueblos explotados contra el Departamento de Estado. Asumir el papel hostil de Fidel Castro podría significar proporcionar motivos a la brutalidad armada imperialista, como sucedió y con mucho menos en Santo Domingo.
Hay una tercera, entre la hostilidad armada y el entreguismo: la posición de la cabeza erguida, de la insumisión, del no conformismo. Esta es la posición de Chile, del Presidente Eduardo Frei que, por estas razones, se alza en este instante como una alta presencia en el liderato del continente. De nuestra América joven e impaciente, a quién el destino comienza a mostrar en este siglo las armas de Aquiles y que parece irremediablemente delante de una opción que se escapa a los hechiceros del Departamento de Estado: la opción entre Cuba y Chile; entre Fidel castro y Eduardo Frei; los dos hombres de gobierno que polarizan la conducción de América latina, líderes que tal vez se contraponen, pero que son las unicas respuestas a la agonía de los pueblos humillados y ofendidos y al mismo tiempo un signo de esperanza para la unidad de los hombres que hablan portugués y español, desde el Río Grande a la Patagonia.
¿Y por qué Eduardo Frei? Es lo que intentaremos examinar en este libro.
Viña del Mar, Invierno de 1965.
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